sábado, 21 de enero de 2012

MALVINAS ARGENTINAS. LA OPINIÓN DE DIEGO GHERSI


Gran Bretaña sube el tono de la disputa por el archipiélago, no negocia y aumenta la presencia militar.
La presente escalada diplomático-verbal desatada entre el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte –el nombre oficial oculta que Irlanda está ocupada por la “no colonialista” Inglaterra- es una fuerte señal de que las relaciones internacionales están cambiando respecto a lo que tradicionalmente han sido.
Si resulta insólita la acusación pública referida al supuesto “colonialismo” de Argentina por parte del premier británico David Cameron, más raro aún fue escuchar la respuesta del vicepresidente argentino en ejercicio de la presidencia
Amado Boudou calificando de “ignorantes” los conceptos vertidos desde Londres y, por extensión, de “ignorante” al mismísimo David Cameron. No hay que explicar que eso es un insulto del que es muy difícil volver. La rareza no estriba en la indiscutible veracidad inserta en las palabras del mandatario argentino, sino en que se haya animado a decirlo. Eso antes no pasaba.
Tampoco sucedía antes la marcada solidaridad en bloque de toda Latinoamérica con la posición argentina. Esa actitud tiene una sola explicación: los líderes regionales saben que ceder en Malvinas es dejar dar el primer paso a una invasión de Latinoamérica por parte de una potencia extranjera con consecuencias difíciles de prever. Así, la causa Malvinas se transformó en un punto de refuerzo para la incipiente unión de la Patria Grande.
Malvinas es una posesión estratégica desde dónde se asegura el dominio del Atlántico Sur. Es también la proyección al Continente antártico –cuyas riquezas potenciales escapan a la imaginación- y la plataforma de acceso a fuentes alimenticias y energéticas que se prolongan peligrosamente a la Patagonia argentina. Dado que si Inglaterra tuviera que vivir exclusivamente de los recursos de las Islas
británicas sería un país tan pobre como Haití, se explica que históricamente su diplomacia se haya orientado a proveerse del faltante en cualquier lugar y a cualquier costo.
Y conviene – por si hicieran falta ejemplos- recordar la colonización de la India; el tráfico de esclavos desde el África; el comercio del opio con China. La falta histórica de ética en pos del sa
queo es un elemento perenne y distintivo de la diplomacia anglosajona. Hace a su misma subsistencia.
Es en el contexto global donde el diferendo en torno a Malvinas debe ser evaluado. El problema de escasez de recursos no es privativo de los británicos sino que es extensivo a todos los países centrales. El peligro estriba en que esas naciones poseen una infraestructura militar espeluznante coronada por armas nucleares y carencia de ética que les impida usarlas.
En la lucha por la apropiación de los recursos cualquier método es válido. Libia; Afganistán e Irak han sufrido recientemente los coletazos de tal realidad. Irán está en camino de serlo a m
uy corto plazo y China, por su claro destino de potencia mundial, es el objetivo final.
En todos estos casos Gran Bretaña se ha mostrada asociada a Estados Unidos en una alianza integral que seguramente no cambiará en el futuro y que, extendida en la OTAN, incorpora al resto del mundo blanco europeo central.
Dentro del plan anglosajón y central de apropiación de recursos, las Malvinas constituyen un objetivo secundario -aunque no menos importante- tan sólo porque el momento de avanzar conc
retamente sobre el sur de Latinoamérica puede esperar a que se consolide la ofensiva sobre Irán y Medio Oriente. Paso a paso, todo junto no se puede.
Por otra parte, resulta evidente que desde los países centrales se observa como incipiente y reversible a la revolucionaria alianza latinoamericana pro Patria Grande. En ese sentido se explican las declaraciones del canciller británico William Hague en su reciente visita a Brasil.
“Los días de nuestro distanciamiento diplomático de su región terminaron. Comenzamos a realizar el esfuerzo más ambicioso del Reino Unido en los últimos 200 años para fortalecer los lazos con América latina”. Así, la estrategia británica apuntaría a diluir el masivo apoyo dado a la Argent
ina por los países latinoamericanos y a una restauración colonial de aquello que comenzó precisamente hace 200 años y cuyos primeros tambaleos se hicieron notar al compás del “Patria sí, Colonia no” coreado en Plaza de Mayo desde mediados del siglo XX.
Pero si algo ha caracterizado a la política exterior de Londres es su capacidad para com
pensar lo diplomático y lo militar aplicando cada uno en el momento correcto con gran sentido de la oportunidad.
Por eso, más allá del esfuerzo diplomático en pos de dividir la solidaridad Latinoamerica
na, Gran Bretaña insiste con aumentar la presencia militar en el archipiélago malvinense.
Simultáneamente a la retórica de Hague y de Cameron, Londres ha puesto en funcionamiento un plan militar para el despliegue de efectivos en caso de necesidad. Los movimientos de tropas han llegado incluso a contemplar la presencia de la casa real con el envío a las islas del Príncipe William –el príncipe es el segundo en la sucesión del trono y por tanto es Inglaterra- y la anunciada vis
ita en simultáneo de su hermano Harry.
La presencia real alimenta también la idea de reforzar en el ciudadano común inglés el nacionalismo militarista como recurso de distracción frente a la severa crisis económica que está destruyendo el estado de bienestar de la sociedad británica.

La carencia de ética británica también está asociada con la no respuesta a los reiterados llamados al dialogo con Argentina efectuados desde las Naciones Unidas. Si no se tratara de un asunto tan serio causaría gracia la forma en que el canciller argentino Héctor Timmerman relata sus conversaciones sobre el tema con el Secretario General de la ONU Ban Ki-Moon:”llame a negociar a los ingleses”; “no me atienden”; “Usted es el negociador, busque la forma”.

También en las últimas horas parece diluirse la medida latinoamericana de impedir el ingreso a sus puertos de buques con bandera malvinense. La solución era obvia: si la bandera era el problema entonces la salida era cambiarla por la británica. Y negar puerto a los británicos
ya es arena de otro costal que requiere de otra espalda para ser asumida.
Más allá de la anécdota pareciera que en este caso la diplomacia no tiene visos de prosperar y ante esa ausencia la opción militar es la que los ingleses buscarán imponer en cuanto aprecien la oportunidad. Su fortaleza militar compensa con creces la flojedad conceptual de sus apelaciones a la “autodeterminación kelper” y su debilidad frente a la solidaria posición regional.
Es en lo militar en dónde flaquean las posiciones latinoamericanas por cuanto las di
ferencias en equipamiento, doctrina e historia con los británicos son abismales. No se trata de una batalla de faroles. Sería un error creer que los países centrales no son capaces de llevar a extremos insólitos sus pretensiones aún en ausencia –siempre se pueden inventar- de provocaciones. Argentina todavía recuerda el “no vendrán” que caracterizó la guerra de 1982. Y todavía está fresca la masacre del pueblo Libio, maquillada desde los medios de comunicación para ocultar su profundo carácter neocolonialista.
Por todas estas razones, la creciente escalada en torno a las Malvinas dista mu
cho de ser una curiosidad en el contexto mundial. Es un asunto clave en el que tiemblan las recetas diplomáticas prescriptas por los tradicionales organismos internacionales de contención y dónde los nuevos se juegan su futuro en el intento de impedir que se imponga la lógica de las armas.