¡Chupame un huevo!
Para nosotras está pensada la gu
erra de guerrillas, la guerra de baja intensidad: la zancadilla, la legua ácida, el microengaño, el chisme. El cuerpo a cuerpo solamente se concibe entre frates. Y yo tenía ganas de ir cuerpo a cuerpo con mis derechos.
Sucedió hace poco. Fui a hacer un trámite al Banco Provincia, sucursal de calle 12 y 59, en La Plata. Me puse en fila verde, la indicada para pago de depósitos y cambio de cheques. Había unas 20 personas adelante; detrás de mí, un varón con barba y pelo largo, aspecto relajado pero actitud violenta que comenzó a toser en forma intermitente sobre mi espalda. Yo estaba usando una blusa con la parte posterior bordada, por lo que sentí como el rocío de su tos húmeda se iba pegando en mi piel.
Me di vuelta y le dije en tono imperativo de maestra de escuela- “¿podés toser para otro lado, por favor”? El hombre me miró, desorientado y me dijo “chupame un huevo”.
Inmediatamente llamé al policía que estaba cuidando la fila y dije “el señor me acaba de decir que le chupe un huevo, ¿seria tan amable de retirarlo de la fila?”.
Mientras, el sujeto de los huevos anhelantes dijo “esta mina está loca “, y el policía propuso calmarnos. Le dije que me encontraba muy tranquila pero que mi agresor no, así que, “por favor proceda a retirarlo de la fila”.
El oficial De Marco, dijo que me tranquilizase, y me preguntó qué le había dicho yo dije yo para que él me dijes que le chupe un huevo.
Por un instante pensé en Claudia, en Vilma, en Sandra, en las más de
50 mujeres muertas quemadas que habían ido a hacer la denuncia por maltratos y las habían mandado a la casa de vuelta para que “arreglen las cosas”
Vi las caras de las señoras de más de 50, laburantas que estaban haciendo la fila con cara de “nena no hagas tanto quilombo por una pavada”. Vi en ellas todas las veces que un varón nervioso las había mandado a chupar los huevos. O a lavar los platos, o a todo tipo denigraciones lingüísticas que las mujeres ganamos cada vez que intentamos disputar con las mismas reglas el territorio de lo público y hacer uso de la ley.
Para nosotras está pensada la guerra de guerrillas, la guerra de baja intensidad: la zancadilla, la legua acida, el microengaño, el
chisme. El cuerpo a cuerpo solamente se concibe entre frates. Y yo tenía ganas de ir cuerpo a cuerpo con mis derechos.
De hecho, de haber mirado a los otros varones de la fila, hubiese puesto cara de ofendida frente al insulto, o hubiese llorado; la solidaridad masculina se hubiese hecho presente de inmediato, y tal vez hubiesen censurado al violento. Pero fui contra ellos, contra todos ellos en el preciso acto en el que sin mirar ni buscar la ayuda de ninguno pedí que al demandante de chupadas de huevos lo retirasen del lugar.
El oficial insistía en disolver el conflicto y el agresor en vez de disculparse decía que debían llevarme a un neuropsiquiátrico. Ante la incapacidad de actuación del policía del banco, llamé al 911.
El oficial me dijo que no se podía usar el teléfono adentro del banco, de todas maneras el 911 estaba en camino y la denuncia asentada.
Mientras, el gerente del banco se acercó y se ofreció para atenderme en privado. Fue muy amable pero tampoco sabia bien qué hacer; imagino que máss de una vez a él también lo habrán mandado a chupar los huevos.
Llego, el 911 tampoco supo manejar la situación. Me pidieron que me tranquilizase y en vez de ex
cluir al agresor, que seguía diciendo barbaridades, intentaron tomar los datos para que vayamos a hacer una exposición, igualándome en la misma condición de mi desconocido agresor.
Me negué a dar mis datos y el oficial me habló cerquita, como apurándome y me dijo que si continuaba así me iba a llevar detenida.
Pensé en la cantidad de directos “importantes” que tenía en mi celular, pensé en todas las posibilidades de teléfonos para llamar en ese momento; sin embargo estaba ahí lidiando con la violencia, la incapacidad y el miedo que tenía la poli de sacar a un varón a la calle por el solo hecho de haber mandado a chuparle los huevos a una mujer de la fila.
Los del 911 me dijeron que me retire, y lloré un poco igual, de angustiad e impotencia.
El resultado fue nada más que los 20 minutos de un escándalo que habrá sido anécdota de muchos durante el almuerzo de ese mediodía.
Me fui pensando en la enorme vulnerabilidad en la que vivimos las mujeres, y a la que nos exponemos cada vez que vivimos una situación extraordinaria. Pensé en las chicas violadas e
n Salta y en la cantidad que son violadas cada día, y que ni en los diarios aparece. Pensé en que el delito sexual, sigue siendo una tortura, es decir coger puede ser un placer o una tortura, todavía, igual que chupar los huevos…
Pensé en todos los miedos que tienen tantas, pensé en el silencio que guardan, en el resentimiento que callan, en la cantidad de pequeñas violencias que arrastran, y aceptan como naturales. Pensé en todo eso y quise volver a mi casa, para contárselo a ustedes, que saben perfectamente de lo que estoy hablando.
Para nosotras está pensada la gu
erra de guerrillas, la guerra de baja intensidad: la zancadilla, la legua ácida, el microengaño, el chisme. El cuerpo a cuerpo solamente se concibe entre frates. Y yo tenía ganas de ir cuerpo a cuerpo con mis derechos.Sucedió hace poco. Fui a hacer un trámite al Banco Provincia, sucursal de calle 12 y 59, en La Plata. Me puse en fila verde, la indicada para pago de depósitos y cambio de cheques. Había unas 20 personas adelante; detrás de mí, un varón con barba y pelo largo, aspecto relajado pero actitud violenta que comenzó a toser en forma intermitente sobre mi espalda. Yo estaba usando una blusa con la parte posterior bordada, por lo que sentí como el rocío de su tos húmeda se iba pegando en mi piel.
Me di vuelta y le dije en tono imperativo de maestra de escuela- “¿podés toser para otro lado, por favor”? El hombre me miró, desorientado y me dijo “chupame un huevo”.
Inmediatamente llamé al policía que estaba cuidando la fila y dije “el señor me acaba de decir que le chupe un huevo, ¿seria tan amable de retirarlo de la fila?”.
Mientras, el sujeto de los huevos anhelantes dijo “esta mina está loca “, y el policía propuso calmarnos. Le dije que me encontraba muy tranquila pero que mi agresor no, así que, “por favor proceda a retirarlo de la fila”.
El oficial De Marco, dijo que me tranquilizase, y me preguntó qué le había dicho yo dije yo para que él me dijes que le chupe un huevo.
Por un instante pensé en Claudia, en Vilma, en Sandra, en las más de
50 mujeres muertas quemadas que habían ido a hacer la denuncia por maltratos y las habían mandado a la casa de vuelta para que “arreglen las cosas”Vi las caras de las señoras de más de 50, laburantas que estaban haciendo la fila con cara de “nena no hagas tanto quilombo por una pavada”. Vi en ellas todas las veces que un varón nervioso las había mandado a chupar los huevos. O a lavar los platos, o a todo tipo denigraciones lingüísticas que las mujeres ganamos cada vez que intentamos disputar con las mismas reglas el territorio de lo público y hacer uso de la ley.
Para nosotras está pensada la guerra de guerrillas, la guerra de baja intensidad: la zancadilla, la legua acida, el microengaño, el
chisme. El cuerpo a cuerpo solamente se concibe entre frates. Y yo tenía ganas de ir cuerpo a cuerpo con mis derechos.De hecho, de haber mirado a los otros varones de la fila, hubiese puesto cara de ofendida frente al insulto, o hubiese llorado; la solidaridad masculina se hubiese hecho presente de inmediato, y tal vez hubiesen censurado al violento. Pero fui contra ellos, contra todos ellos en el preciso acto en el que sin mirar ni buscar la ayuda de ninguno pedí que al demandante de chupadas de huevos lo retirasen del lugar.
El oficial insistía en disolver el conflicto y el agresor en vez de disculparse decía que debían llevarme a un neuropsiquiátrico. Ante la incapacidad de actuación del policía del banco, llamé al 911.
El oficial me dijo que no se podía usar el teléfono adentro del banco, de todas maneras el 911 estaba en camino y la denuncia asentada.
Mientras, el gerente del banco se acercó y se ofreció para atenderme en privado. Fue muy amable pero tampoco sabia bien qué hacer; imagino que máss de una vez a él también lo habrán mandado a chupar los huevos.
Llego, el 911 tampoco supo manejar la situación. Me pidieron que me tranquilizase y en vez de ex
cluir al agresor, que seguía diciendo barbaridades, intentaron tomar los datos para que vayamos a hacer una exposición, igualándome en la misma condición de mi desconocido agresor.Me negué a dar mis datos y el oficial me habló cerquita, como apurándome y me dijo que si continuaba así me iba a llevar detenida.
Pensé en la cantidad de directos “importantes” que tenía en mi celular, pensé en todas las posibilidades de teléfonos para llamar en ese momento; sin embargo estaba ahí lidiando con la violencia, la incapacidad y el miedo que tenía la poli de sacar a un varón a la calle por el solo hecho de haber mandado a chuparle los huevos a una mujer de la fila.
Los del 911 me dijeron que me retire, y lloré un poco igual, de angustiad e impotencia.
El resultado fue nada más que los 20 minutos de un escándalo que habrá sido anécdota de muchos durante el almuerzo de ese mediodía.
Me fui pensando en la enorme vulnerabilidad en la que vivimos las mujeres, y a la que nos exponemos cada vez que vivimos una situación extraordinaria. Pensé en las chicas violadas e
n Salta y en la cantidad que son violadas cada día, y que ni en los diarios aparece. Pensé en que el delito sexual, sigue siendo una tortura, es decir coger puede ser un placer o una tortura, todavía, igual que chupar los huevos…Pensé en todos los miedos que tienen tantas, pensé en el silencio que guardan, en el resentimiento que callan, en la cantidad de pequeñas violencias que arrastran, y aceptan como naturales. Pensé en todo eso y quise volver a mi casa, para contárselo a ustedes, que saben perfectamente de lo que estoy hablando.
Por Florencia Cremona (*) /
(*) La autora es especialista en Género de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP.
(*) La autora es especialista en Género de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP.
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