
Según la noticia brindada por América TV, cuchillo en mano, Luciano Daniel Guevara se apoderó de la campera de Margarita Susana Arévalo, en el hall central de la Estación Constitución, un día a las 8:02 de la mañana. Las cámaras estaban ahí para registrar “el delito”, que fue emitido y comentado en el programa Mauro 360 como “un robo en vivo”.
Otra versión del caso (¡siempre hay otra versión del caso!) fue aportada por la ministra de Seguridad Nilda Garré. En rueda de prensa, G
arré mostró los registros de las cámaras de vigilancia. Estas nuevas imágenes (resultantes de un plano muy abierto que deja contemplar la escena en un contexto más amplio en el que, incluso, queda en cuadro la cámara de América TV, apostada en el primer piso de Constitución) impugnaron la legitimidad del “vivo” y causaron un derrame de juramentos por parte de Mauro Viale.
El contenido del informe producido por Mauro 360 y repetido en otros segmentos de A24 y América TV tiene varias capas. En la superficie, el relato hace hincapié en el robo aparente de una campera a plena luz del día, en un lugar tan concurrido como desprovisto de custodia policial. A partir de ahí, se redimensiona la noticia básica, mediante títulos alarmantes en el zócalo
(“Inseguridad en vivo”), comentarios del mismo tenor en el piso (“Qué chico raro ¿no?”, “¿Qué tiene en la mano?. Una navaja grande, un cuchillo enorme”, “Lamento tener que decirles que la impunidad sigue”), textuales del conductor sobreimpresos (“¡No hay nadie en ningún lado!”) y música catastrófica. Ahora, la noticia resulta amplificada mediante estos golpes de efecto, de forma tal que el hecho aislado (“el robo”) adquiere rango de fenómeno (“la inseguridad”).
A fuerza de repetirla durante todo un día, enunciada por periodistas con gesto severo, saco y corbata, la información original fue adquiriendo status de rareza antropológica. Así, al llegar al noticiero de la noche, Guillermo Andino anunció: “Es el delito en tiempo real. El protagonista es un joven que se prepara para robar.”
Lejos de constituir un nuevo capítulo en la tensión entre el gobierno y los medios privados (y aun en ese caso), la anécdota devela una dinámica habitual en la producción televisiva, deudora de esa concepción periodística que la leyenda atribuye a Chiche Gelblung: “Que la realidad no te arruine una buena nota.” Desde esa perspectiva, tal como señaló la ministra Garré, se ejecuta un “fraude al televidente y al ciudadano”. Claro que deberíamos preguntarnos acerca de “la inocencia” del espectador frente a las imágenes que elige mirar voluntariamente.
En este sentido, si un televidente entretiene su mirada con ellos, no puede considerarse inimputable frente al goce que le produzcan ficciones realistas que celebran la violencia, la inseguridad, la indefensión jurídica y social, y que la TV difunde bajo el amparo de la objetividad y la verdad que sólo “el vivo” puede garantizar.
Si es tiempo (y lo es) de reconsiderar el papel social de los medios audiovisuales, es también la oportunidad para recapacitar sobre el rol del espectador en el engranaje de la comunicación y el entretenim
iento masivos. Una nueva TV no sólo debería fundarse en la pluralidad estética, temática, cultural e ideológica de la mano de nuevos actores. También hace falta invitar al debate al que mira (y financia con rating un modelo de TV) y al que anuncia (que financia con metálico). En relación a estas disyuntivas, Jorge Lanata preguntó en una entrevista: “¿Quién carajo va a escuchar la radio de los wichís? Y lo que es peor, ¿quién va a poner avisos en la radio de los wichís? ¿Y cómo les van a pagar el sueldo a los operadores?” A un costado la provocación, vale la pena dar vuelta la pregunta y formularla en relación a la TV que miramos: ¿quién carajo pone avisos y paga el sueldo a los operadores para malversar la verdad con tanto esmero y con qué utilidad?
Otra versión del caso (¡siempre hay otra versión del caso!) fue aportada por la ministra de Seguridad Nilda Garré. En rueda de prensa, G
arré mostró los registros de las cámaras de vigilancia. Estas nuevas imágenes (resultantes de un plano muy abierto que deja contemplar la escena en un contexto más amplio en el que, incluso, queda en cuadro la cámara de América TV, apostada en el primer piso de Constitución) impugnaron la legitimidad del “vivo” y causaron un derrame de juramentos por parte de Mauro Viale.El contenido del informe producido por Mauro 360 y repetido en otros segmentos de A24 y América TV tiene varias capas. En la superficie, el relato hace hincapié en el robo aparente de una campera a plena luz del día, en un lugar tan concurrido como desprovisto de custodia policial. A partir de ahí, se redimensiona la noticia básica, mediante títulos alarmantes en el zócalo
(“Inseguridad en vivo”), comentarios del mismo tenor en el piso (“Qué chico raro ¿no?”, “¿Qué tiene en la mano?. Una navaja grande, un cuchillo enorme”, “Lamento tener que decirles que la impunidad sigue”), textuales del conductor sobreimpresos (“¡No hay nadie en ningún lado!”) y música catastrófica. Ahora, la noticia resulta amplificada mediante estos golpes de efecto, de forma tal que el hecho aislado (“el robo”) adquiere rango de fenómeno (“la inseguridad”).A fuerza de repetirla durante todo un día, enunciada por periodistas con gesto severo, saco y corbata, la información original fue adquiriendo status de rareza antropológica. Así, al llegar al noticiero de la noche, Guillermo Andino anunció: “Es el delito en tiempo real. El protagonista es un joven que se prepara para robar.”
Lejos de constituir un nuevo capítulo en la tensión entre el gobierno y los medios privados (y aun en ese caso), la anécdota devela una dinámica habitual en la producción televisiva, deudora de esa concepción periodística que la leyenda atribuye a Chiche Gelblung: “Que la realidad no te arruine una buena nota.” Desde esa perspectiva, tal como señaló la ministra Garré, se ejecuta un “fraude al televidente y al ciudadano”. Claro que deberíamos preguntarnos acerca de “la inocencia” del espectador frente a las imágenes que elige mirar voluntariamente.
En este sentido, si un televidente entretiene su mirada con ellos, no puede considerarse inimputable frente al goce que le produzcan ficciones realistas que celebran la violencia, la inseguridad, la indefensión jurídica y social, y que la TV difunde bajo el amparo de la objetividad y la verdad que sólo “el vivo” puede garantizar.
Si es tiempo (y lo es) de reconsiderar el papel social de los medios audiovisuales, es también la oportunidad para recapacitar sobre el rol del espectador en el engranaje de la comunicación y el entretenim
iento masivos. Una nueva TV no sólo debería fundarse en la pluralidad estética, temática, cultural e ideológica de la mano de nuevos actores. También hace falta invitar al debate al que mira (y financia con rating un modelo de TV) y al que anuncia (que financia con metálico). En relación a estas disyuntivas, Jorge Lanata preguntó en una entrevista: “¿Quién carajo va a escuchar la radio de los wichís? Y lo que es peor, ¿quién va a poner avisos en la radio de los wichís? ¿Y cómo les van a pagar el sueldo a los operadores?” A un costado la provocación, vale la pena dar vuelta la pregunta y formularla en relación a la TV que miramos: ¿quién carajo pone avisos y paga el sueldo a los operadores para malversar la verdad con tanto esmero y con qué utilidad? Una versión de María Iribarren
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